El Nilo, don de Egipto

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La época de la inundación se acercaba. Las miles de moscas que cada año asolaban las orillas fértiles del río cambiaban de rumbo. El Nilo no sabía si reír o llorar, tal era su habituación a los molestos insectos. Por si fuera poco había llegado a su conocimiento la aparición de una nueva mosca. ¡Una más! Como si no tuviera suficiente con aquellas decenas de miles que cada mañana se apoyaban sobre él, creyendo, las insensatas, que aquello era sólo agua, ¡sólo agua...!

Y los cedros, mientras tanto, se burlaban de él, al verlo llorar lágrimas cuando un campesino ponía en marcha su shaduf. Se estaba haciendo viejo. Llevaba demasiados años allí, esos cedros eran jóvenes, aún no sabían nada. Por el contrario él vio ya tantos y tantos cedros, y tantas y tantas hojas verde azuladas. Podría haber sido cruel cuando ellos rompiesen a reír al ver que las moscas se alejaban de sus troncos, de su corteza grisácea, brillante y lisa para posarse sobre su cuerpo transparente y líquido. Podría haberles salpicado, haberles gritado que pronto dejarían aquella verde orilla para convertirse en sillas, camas, sarcófagos o barcos sin vida. Así les castigaría por sus bromas.

¡Cuántos amaneceres y atardeceres! Miles de gotas de sangre que fueron derramadas en él desde el principio de los tiempos. Si esos tontos cedros, y aquellas palmeras de más allá supieran los acontecimientos vistos y sentidos por Hapy desde el principio de los tiempos... entonces abandonarían sus insensateces. Y prestarían atención.

El río más largo del planeta cobró vida allá por el reinado del primer faraón. Las diferencias entre el norte y el sur desembocaron en la victoria del delta sobre el sur, de Horus sobre Seth, poniendo fin al conflicto. La unificación del país; la corona blanca, del Alto Egipto, y la roja, del Bajo Egipto, formaron una misma sobre la cabeza de Narmer [1].

 El Nilo fue viendo cómo poco a poco en el pequeño asentamiento de Menfis, una ciudad cercana al delta, se agolpaban los palacios de los funcionarios del faraón. Podía adivinar la importancia de c ada uno de ellos contando a los campesinos que cada mañana iban a la orilla por agua. A mayor shaduf, mayor importancia. A mayor persea dando sombra en el jardín, mayor importancia. Después aparecieron las grandes construcciones. Los bloques de piedra caliza, cuadrados y relucientes al sol, iban y venían por las laderas de la vía principal. Las primeras mastabas, los primeros obeliscos, la primera pirámide... escalera al cielo, y esa piedra amarillenta en el templo del faraón Djoser, tan pulida y suave.

Faraones y princesas, y sirvientas y escribas paseando por sus orillas desde loslejanos tiempos en los que Snefru se aburría en su hermoso palacio, y solicitaba un paseo en barco con hermosas muchachas que le acompañaran. Pero, ¿tantos amaneceres habían pasado ya...?

Es que el Señor de las Dos Tierras, abrumado bajo tal cantidad de obligaciones, creyó conveniente distraerse por unos instantes. Tras varios intentos mandó llamar a un mago de la corte, quien le aconsejó un paseo en barca por el río acompañado de algunas hermosas mujeres. ¡Qué mejor para olvidarse de las complicaciones del país que una travesía por el Nilo!

Pero he aquí que, al llegar a la barca y ponerse en camino, a una de las muchachas, la más bella, el colgante en forma de pez que llevaba se le cayó al agua. Las turquesas se hundieron en el líquido cristalino cual pez deseoso de estirar las aletas, y el desconsuelo se apoderó de la dueña.

Snefru sintió que su tranquilidad se ahogaba con la joya, en el lecho del río. Intentó hablar con ella, le prometió regalarle otra, la que escogiese, pero fue en vano. La jovencita alegaba que era muy importante para ella, por ser un regalo de una persona muy querida, y ninguna otra joya, aunque la sobrepasara en belleza, podría sustituirla.

Cuatro de las remeras que viajaban a bordo de la embarcación se lanzaron en busca del pez desaparecido, sin obtener resultado. La única solución era llamar al mago, él sabría cómo solucionarlo.

Así pues Snefru ordenó que le trajeran al mago que le había aconsejado el paseo en barco, y de nuevo pusieron rumbo al lugar en el que se extravió el colgante.

El hombre llegó frente a Su Majestad. Después de unos segundos de meditación se puso en pie, extendió sus brazos y miró fijamente al agua. El Nilo, divertido por la expresión de desaliento del anciano, por sus ojos brillantes de inseguridad, por sus facciones cansadas reflejadas en él, por la limpieza de sus manos, tuvo compasión y, ante las pupilas atónitas del grupo, abrió en dos sus aguas. Un fino canal de tierra apareció. El pez de turquesa dio el último coletazo y regresó a su dueña entre las palabras de agradecimiento y júbilo de la muchacha. [2]

¡Qué recuerdos volvían a su memoria ahora! Le parecía estar viendo construir pirámides otra vez, y más y más pirámides relucientes. Creía sentir el peso de las rocas transportadas sobre él. Veía el levantamiento piedra a piedra, cerca de su muerte en el Gran Verde, del horizonte de Jufu, de Jaefra es grande, de Menkaure es divino [3]... Y más tarde el sonido de los cinceles esculpiendo cada signo jeroglífico en las tumbas de Unas, Teti, y tantos otros; y la suavidad del artesano con los relieves de Menkaure, rozando las plumas de las aves representadas, los cabellos de los campesinos, las uñas de los dedos.

Aún escuchaba el llanto de la desconocida Neitikerty [4] al recibir la noticia del fallecimiento de su esposo tras un único e irrelevante año de reinado; sentía sus manos heladas lavándose en la orilla antes de tomar la corona del Alto y Bajo Egipto que la convertiría en la mujer más importante del país.

Esas luchas hacía, ¿cuánto? Esos setenta días trágicos con setenta reyes confusos en la mente de Hapy. Esa época de conflicto y caos.

Ciertamente, los corazones son violentos; las plagas se propagan a través del país; la sangre está por todos lados; la muerte no escasea; la mortaja habla y nadie se aproxima a ella. Ciertamente, muchos muertos quedaron enterrados en el río; la corriente es como una tumba y es que el lugar de embalsamamiento se convirtió en una corriente. Ciertamente, el río está ensangrentado, y cuando se bebe en él, uno se aparta de la gente y se anhela el agua. [5]

Mucho tuvo el Nilo que llorar para que su caudal se limpiase de la sustancia rojiza y negruzca que le había manchado desde el reino de Kush hasta el delta. Pero, afortunadamente, la calma regresó, y Mentuhotep Sematawy se plantó, firme, en la sala del trono, y en un abrir y cerrar de ojos puso orden a lo largo y ancho de la tierra negra. El que une los dos países fue fiel a su nombre.

Pero alguien se empeñaba en que las cosas fuesen mal. Una noche las aguas tranquilas del río se convirtieron en remolino, formando gran alboroto, gritando, clamando, intentando advertir de lo que ocurría en palacio. Pero los campesinos a esa hora ya dormían en sus casitas de adobe, los guardias no prestaban atención a las palabras de socorro, y la Gran Esposa Real había sucumbido bajo el peso del rojizo vino.

¡Hapy bramaba a las sombras!, avisaba, llamaba a las perseas, los tamariscos, los sicomoros, ¡a las palmeras!, instándolas a agitar sus hojas para aterrorizar al asesino del faraón. No sirvió de nada, Amenemhat I murió sin ayuda.

Y de nuevo algo se quebró en el dios. El país se separó de nuevo; el norte abandonó al sur y el sur abandonó al norte. ¿Pero acaso debía ser ese el final de Kemet? ¿Es que el Doble País sobreviviría sin ser doble?

Entonces los tamariscos no se burlaban del Nilo, no les quedaban ganas de broma, eran talados sin control por unos y otros. Las flechas y los arcos necesitaban madera y el olor a guerra empezaba a impregnarlo todo una vez más. Las filas extranjeras avanzaban hacia el delta. Se estaba preparando una invasión. Una invasión allí. ¿Qué sería de los dioses egipcios? ¿Qué sería de las pirámides, de los templos levantados en la orilla occidental? ¿Qué ocurriría con las costumbres y las tradiciones?

Durante días y semanas y meses los invasores poblaron la tierra, trayendo consigo hachas, puñales, lanzas y arcos con flechas. El dios Ra abandonó a su pueblo a manos de los hicsos, no acordándose de ellos hasta doscientos años más tarde. Fue entonces cuando la esperanza renació en el Alto Egipto, que sobrevivió en manos de sus verdaderos dueños. De allí salió una estirpe valerosa, que había traído el nuevo insecto.

Las aguas de Hapy pueden calmarse al ver cerca el fin del conflicto. A sus oídos han llegado las palabras de los campesinos que se pasean tranquilamente cada mañana por sus orillas, con los taparrabos limpios, dispuestos a emprender la jornada de trabajo.

El viento traía noticias de victoria tras tanta incertidumbre. En un primer momento todo se creyó perdido, el faraón Seqenenre Taa había muerto en combate, ravesado por la afilada hacha de un enemigo. Los corazones de los egipcios se pensaron huérfanos. Las ofrendas dejaron de amontonarse en los templos y en las calles cesó el aroma del incienso.

No obstante, no todo se había perdido. Su hijo, Kamose, tomó las riendas del poder, y se dispuso a llevar a su ejército a la victoria. Pero las plañideras hubieron de regresar, el llanto y el desconsuelo se afincó en las puertas de las casitas de adobe pintadas de amarillo, y en las de los grandes palacios con exóticos jardines, y en las de los inmensos templos cuajados de columnas. Kamose murió igualmente en combate.

Pero he aquí que no todo estaba aún perdido. Ahmose, su hermano, e Iahmose, su madre, se lanzaron desesperados a la lucha, y vencieron. La unificación de Egipto se hacía patente como lo hiciera mil quinientos años antes con el mítico Narmer. El Doble País volvía a ser doble.

A la Gran Esposa Real, Iahhotep, le fue concedida la condecoración militar de las moscas de oro. ¡Una mosca más para Hapy! Como si no tuviera suficiente con aquellas centenas de centenas que al alba se posaban en él pensando que aquello era sólo agua, ¡sólo agua...!

Amaneció, y los bobos tamariscos empezaron a reírse de las ojeras del Nilo, que ya llevaba miles de años pasando por allí.


Notas :

[1] Considerado el unificador de Egipto gracias a la conocida como “Paleta de Narmer”

[2] Llamado “Cuento de las remeras o del rey Snefru”; está conservado en varios papiros, siendo entre ellos el más importante el papiro Westcar.

[3] Nombres dados a las pirámides de la planicie de Giza, Keops, Kefrén y Micerinos

[4] Nombre egipcio de Nitocris

[5] Texto correspondiente a las Lamentaciones de Ipuwer. El fragmento está extraído del libro La literatura en el Egipto Antiguo (breve antología), de Ángel Sánchez Rodríguez.

 

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Actualizado - Sábado, 22 Agosto 2009
 
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