Djeser Djeseru
Un día como aquel no volvería a repetirse. ¿Quién iba a pensar que aquello sería tan, relativamente, fácil? Ni siquiera ella se había atrevido a imaginarlo de esa manera; no así, no tan majestuoso, tan especial. En cuanto lo vio supo que la recordarían por ello, sí, por ese magnífico edificio que tenía ante ella contrastando de una forma casi mágica con el lugar. Parecía ser irreal, no más que una imagen sacada de un sueño y plasmada allí para que por un instante todos la pudiesen contemplar.
El sublime de los sublimes se hallaba allí, enfrente de ella, rompiendo pero a la vez mezclándose en el paisaje; el magnífico templo funerario estaba terminado.
Todos aquellos dorados árboles de incienso hacían que se respirase el aroma de los dioses. Lujosos nobles ataviados con sus vestidos de gala, arpistas tocando dulces melodías con sus instrumentos, bailarinas que movían sus cuerpos al ritmo de la deliciosa música. Era un día maravilloso, el sol en lo alto brillaba con toda su fuerza sobre ellos.

En muchas ocasiones había pensado que aquello no llegaría a su fin, que jamás conseguiría que se acabase pero no había sido así. Ahora se alegraba de haber hecho esa promesa tiempo atrás, cuando indicó a su arquitecto lo que deseaba. No se acercaría a la zona hasta que no estuviese completamente terminado; sonrió, había valido la pena la larga espera.
Desvió su vista a la izquierda y a continuación a la derecha, intentando grabar cada uno de esos detalles, por mínimos que fuesen, en su memoria para recordarlos siempre. No quería reconocerlo pero se sentía feliz, orgullosa de sí misma, después de todo por qué no iba a ser así. Había gobernado el país durante varios años, nadie pasaba hambre, nadie tenía queja alguna. Era obvio que Egipto prosperaba; lo había extendido, enriquecido y alejado de invasiones extranjeras. Pero sabía que aquello no duraría siempre, muy a su pesar lo sabía; no porque su gobierno hubiese sido malo, ni tampoco porque hubiese cometido fallo alguno, simplemente porque era una mujer. Sí, una estúpida razón que acabaría apartándola de todo aquello, daba igual lo que hiciera.
Se sentía impotente ante ello, era horrible, angustioso saber que hagas lo que hagas no lograrás nada, absolutamente nada. Era la hija de Tutmosis, la descendiente de la gran Ahmosis-Nefertary, ¿por qué debía conformarse con ser un miembro de la familia real? Ya aguantó suficiente con Tutmosis, su hermano, durante sus cuatro cortos años de reinado, que ni siquiera le pertenecían. Hijo de una esposa secundaria, no podría haber conseguido el trono de no ser por ella, con la que contrajo matrimonio.
¡Pobre hermano mío! se dijo, cómo malgastaste tu reinado, tus pocos días de gloria se agotaron tan pronto por tu ineptitud, porque no supiste enfrentarte al problema, y al final el problema acabó por enfrentarse a ti. Bueno, a decir verdad sí que podría haber hecho algo, sí, es cierto, pero no fue capaz, eso no habría sido ético.
Incluso ahora, que veía que pronto se acabaría todo, que sentía tan cercano el final no podía. No, no podía ordenador que asesinasen a su sobrino sólo para preservar el trono. Aquello habría sido totalmente egoísta, ¿qué clase de persona sería si lo permitiese? Desechó el pensamiento, lo alejó de su mente, no era el momento más apropiado para entristecerse.
Aquel era un día feliz, lo mejor que podía hacer era aprovecharlo.
Los hombres que la llevaban en su silla de manos se pararon y comenzaron a bajarla, todos los rostros se volvieron hacia ella. Amón, pensó, tú que me has dado todo esto, que me has hecho ver las maravillas que he visto, poseer los más bellos objetos, escuchar la música más exquisita, ser Hatshepsut, la primera de las nobles, ¿por qué me lo arrebatas?,¿por qué me privas de mi felicidad?
Estaba a punto de llorar, ¿qué le pasaba? No podía controlarse, una extraña sensación la invadía, recorriendo su cuerpo una y otra vez. Intentó calmarse, apretó la mandíbula y alzó la cabeza mirando directamente al templo. Con pasos ligeros pero rápidos inició la subida por las rampas hasta llegar a la última altura.
Precioso, por mucho que se esforzara no podía describir lo que sus ojos veían. Irguió su espalda y con voz potente gritó:
Yo, Maat-ka-Re, Señora de las Dos Tierras, Hija de Amón, la primera de las nobles, Hatshepsut, piso por primera vez este sagrado lugar, en donde las generaciones venideras vendrán a darme culto. En donde me recordarán por siempre, aunque el tiempo lo destruya y finalmente no quede más que una huella plasmada en el paraje donde una vez estuvo alzado. En donde lo terrenal se funde con lo divino en una perfecta mezcla que se podrá contemplar por siempre.
Tenía la garganta seca después de aquellas palabras, había sido algo difícil de explicar, una de esas sensaciones que no sabes cómo expresar, sino que hay que vivirlas. Giró y caminó en línea recta hasta el pequeño santuario dedicado a Amón que había mandado construir en aquella parte.
Era el lugar más importante para ella, el único en donde pasaría horas y horas sin darse cuenta del tiempo. Un fervor religioso se apoderaba de ella cada vez que pisaba un recinto sagrado. Y ocurrió lo mismo de siempre, al salir no supo exactamente cuánto tiempo había estado allí. Debió de ser mucho, pues al salir vio que Ra empezaba a desaparecer en el horizonte y las primeras estrellas emitían sus débiles luces. Apenas si quedaba alguien en toda la zona. No estaba molesta por ello, era comprensible, el calor del mediodía se hacía insoportable y no recordaba haber mandado llevar agua suficiente para todos.
Despidió a los sirvientes que estaban con ella y les dijo que esperasen abajo junto a los demás. Hicieron una reverencia y se alejaron rápidamente.
Hatshepsut se sentó en el suelo y apoyó la cabeza en una de las columnas del patio. Levantó las manos y asió la corona dejándola después a su lado; el cabello le cayó sobre los hombros.
Empezaba a hacer frío, el faldellín y las joyas que llevaba no eran de mucha utilidad para ocasiones como aquella.
La brisa le acarició la cara mientras observaba el atardecer. A su mente acudió una imagen, la de las antiguas pirámides que se alzaban en la planicie de Giza; sólo las había visto en una ocasión, hacía ya mucho tiempo, cuando hizo un viaje con su padre.
Tutmosis, padre mío, cómo te echo de menos susurró. Si por un segundo pudieras estar aquí.
¿Hablas? dijo una voz desde la rampa.
En cierto modo Senmut, más bien recordaba y deseaba al mismo tiempo. respondió.
El Gran Arquitecto se acercó y se sentó a su lado abrazándola.
Es precioso ¿verdad? preguntó.
Él se limitó a mirarla a los ojos y asentir. ¿Eres feliz Senmut?
La pregunta le desconcertó.
Sí, ¿por qué no iba a serlo?. Tengo todo lo que puedo desear.
A veces la felicidad sólo es un momento como este, y otras todo lo que puedas desear respondió sonriendo.
Tienes razón, pero de igual modo soy feliz.
No es justo, ¿verdad? comentó al cabo de unos minutos. No es justo que esto tenga que acabarse. Que mis últimos años vayan a ser diferentes. Sé que Tutmosis no tardará mucho en cansarse de esperar. Será un magnífico faraón.
Es pronto para pensar en eso, y lo sabes. Por el momento disfruta, ¿no está hoy, como mañana, en las manos de Dios?
Pero, ¿por qué me da la sensación de que falta algo, de que tendré que abandonar sin haber acabado?
Porque, sencillamente, no deseas que se acabe.
Eso era cierto, seguramente fuese la respuesta a la mayoría de sus preguntas. Qué triste resultaba todo, daría cualquier cosa por retroceder algunos años y volver a vivir aquellos días en que no había ningún problema.
El viaje del sol había llegado a su fin, ahora le tocaba el turno a la luna y a sus millones de compañeras iluminarles aquella noche. El silencio invadió todo, tan sólo se oían las débiles voces de los sirvientes a lo lejos; no tardarían mucho en ser vencidos por el cansancio y dormirse.
Suavemente apoyó la cabeza sobre el hombro de Senmut y cerró los ojos. Después de unos minutos se le oyó preguntar:
Hatshepsut, ¿eres feliz tú?
Pasaron unos segundos y finalmente se dio cuenta de que estaba dormida. Se puso lo más cómodamente que pudo y también él durmió.
Transcurrieron varias horas y cuando los rayos del sol anunciaron el nuevo día, Hatshepsut dijo en voz baja:
Un día como aquel no volverá a repetirse, y sonrió.

