Historia de una Niké cualquiera...
De la historia no me gustan sino las anécdotas -escribió Mérimée-, y entre las anécdotas prefiero aquéllas donde imagino encontrar una pintura verdadera de las costumbres y los caracteres de una época. No es un gusto muy noble; pero, lo confieso para mi vergüenza, de buena gana cambiaría a Tucídides por las memorias auténticas de Aspasia o de un esclavo de Pericles.
Helena, Clitemnestra, Penélope, etc... mujeres griegas míticas y legendarias que ocupan un puesto en la historia, pero las únicas mujeres que tuvieron un lugar verdadero y real en la historia griega fueron las hetairas, que fueron una combinación entre “cocotes” parisienses y “geishas” japonesas.
La más famosa fue Aspasia, amante de Pericles, pudiéndola considerar como la “primera dama” de Atenas, desde su salón tuvo una gran influencia sobre la política de la Polis, influyendo decisibamente en la Leyes que se dictaban. Aspasia intentó crear cursos de filosofía y letras para las jóvenes atenienses, pero su iniciativa no prosperó, siendo víctima de la hipocresía social, ya que quien acudía a ellas era presa del escándalo.
Friné inspiró a Praxiteles, que la amaba con locura. Era muy hermosa y habitualmente solo se mostraba cubierta por velos. Dos veces al año (en las fiestas de Eleusis y Poseidón) acudía al mar para bañarse totalmente desnuda y toda Atenas acudía a admirarla. Una día un cliente la denunció, tras haber pagado, por su muy elevada tarifa: el proceso judicial debió de ser espectacular. Fue defendida en tal proceso por otro cliente suyo, Hipérides, que se limitó a arrancarle de encima la túnica para mostrar al jurado la belleza que se ocultaba bajo ella: los integrantes del jurado miraron... y la absolvieron.
Famosa también era Clepsidra, llamada así por su tarifa por horas y por no admitir la más mínima extensión en el tiempo acordado.
Gnatena invirtió todos sus ahorros en su hija, convirtiéndola en la más cotizada, alquilándola por una muy alta cifra cada noche.
Las hetairas no eran únicamente sensuales objetos de placer dedicados a amontonar dinero, eran las únicas mujeres cultas de Atenas, conversaban y trataban habitualmente con los atenineses más sabios y poderosos, y aún cuando se les negaban los derechos civiles y se las excluía de los templos (de todos menos del de su patrona Afrodita) los más importantes personajes de la cultura y la política de Atenas las frecuentaban abiertamente y las trataban muy bien.
Platón descansaba en casa de Arqueanasa; Epicuro reconocía la influencia en su obra de Leoncia y Danae; Sófocles tuvo relaciones con Teórida y tras pasar los ochenta años inició otras con Arquipas. El gran Mirón fue rechazado por Laida.
Laida fue una extraordinaria mujer, y no únicamente por su belleza. Muchas ciudades se disputaban el honor de haber sido su cuna (parece ser que nació en Corinto). Rechazó al feo y rico Demóstenes, pero se entregaba al pobre Arístipo. Murió arruinada tras gastar toda su fortuna en el embellecimiento de templos (a los cuales no podía entrar) y en ayudar a los menesterosos. Su funeral en Atenas fue más espectacular que el de un gran hombre de estado o el del general más victorioso.
También Friné había ejercido la beneficencia de manera generosa: Una vez le ofreció a Tebas (su ciudad natal) reconstruir sus murallas si le permitían inscribir en ellas su nombre. La ciudad de Tebas se negó, alegando que no podían perder la dignidad... y la dignidad se quedo sin murallas.
No hemos de confundir a las hetairas con las pornaes, que eran las meretrices comunes. Las pornaes vivian en burdeles, sobre todo concentrados en El Pireo, el barrio portuario. Eran casi todas orientales, que sufrían su degradación sin revelarse, dejándose explotar por sus empresarias, viejas mujeres que administraban aquellos locales. Sólo las que lograban aprender un poco de buenos modales, educación y aprendían a tocar la flauta conseguían mejorar un poco su situación convirtiéndose en aléutridas.
La posición de la mujer común en Atenas era subordinada y tratada con inferioridad. Imaginemos, por ejemplo, la vida de una Niké cualquiera...
Niké nace en una familia de clase media en Atenas. Su sexo la hace menos útil y menos aceptada. Crece en casa, en el patio y en el gineceo, donde no recibe ninguna educación verdadera: su madre le enseña economía doméstica, a cocinar y a tejer lana... su madre tampoco sabe nada más.
Niké crece en casa y no es bella, el sedentarismo la hace flácida y ancha de caderas. Es morena, pero se tiñe de rubia. Se lava poco y en vez de jabón usa ungüentos y perfumes. Se retoca los labios con carmín, las mejillas con cremas y polvos, trata de parecer más alta llevando tacones. Enjaula sus pechos en un enrejado de agujas y gruperas.
Niké es ya una joven muchacha, y lleva el peplo de lana, blanca o colorada: es la única elección que le permiten hacer, está siempre confinada en casa. Pertenece a la burguesía media y algo de dote tiene, lo que no deja de ser una ventaja. La dote siempre será de su propiedad, aunque la administrará su marido y por esa razón él no se divorciará de ella con facilidad. El amor poco tiene que ver con los enlaces matrimoniales, basándose estos casi exclusivamente en el interés económico. En general la diferencia de edad será considerable, ya que el solterón ateniense acostumbra a pasar sus veladas entre pornaes, aléutridas o hetairas.
Niké, si todo va bien, se casa a los dieciséis años con un ateniense de treinta o cuarenta. Las bodas se efectuan en casa de ella, consistiendo las mismas en un ceremonial de carácter religioso (que incluye un “baño purificador”) y en un matrimonio laico.
Niké, la novia, es llevada por su novio sobre un carro (acompañado por músicos) a casa de él, donde ella es acogida como “nueva adepta de sus dioses” (cada familia tiene los suyos). El novio deposita a la novia sobre la cama nupcial (el thalamos) y consuma el matrimonio, tras lo cual el enardecido individuo corre a anunciar tal proeza a la numerosa algarabía de invitados que amenizan el dichoso momento cantando en desafinante coro tras las puertas.
Niké está obligada a fidelidad conyugal: si no la observa su marido será un “cornudo” (fueron los griegos y no los napolitanos quienes inventaron la palabra) y tiene derecho a echarla de casa.
El marido de Niké tiene autorización para tener concubina. Fue Demósteles quien teorizó sobre esta costumbre, asegurando que un hombre para estar bien ha de tener una mujer para pasar la noche y procrear, una concubina para pasar el día y conversar, y alguna que otra cortesana para estar en forma.
Resumiendo, Niké sale del oikos y del gineceo paterno para entrar en el oikos y en el gineceo conyugal y permanecer en el recluida para el resto de sus días, incluso la ley le prohíbe asistir al teatro o practicar algún deporte.
En las civilizaciones aquea, heraclea o dórica la mujer era protagonista. No era ella quien tenía que comprar un marido con una dote, era el novio que tenía que comprarla a ella con ovejas y cerdos.
En Esparta la mujer gozaba de otra situación, y se la podía ver contender desnuda en los estadios, para que los jóvenes espartanos pudieran elegir la mejor constituida, la más calificada, para poder tener una robusta prole.
Bibliografía
Historias de los Griegos; Indro Montanelli
La femme dans la Grèce Antique; Claude Mossé; Albin Michel Editions

