La caída de Constantinopla,el último emperador romano
Sertorio nos explica los ultimos dias de Constantinopla: Hay un viejo dicho que dice: “Las murallas no defienden a los hombres, son los hombres los que defienden las murallas”.

Acercarnos a los últimos días del imperio bizantino sin recordar sus raíces, seria como entrar al cine con la película por la mitad. Claro que veríamos el final, pero nos perderíamos la esencia de lo importante y en nuestro caso seria como la familia que olvida quien fue su bisabuelo.
En este texto sobre los últimos días del último emperador bizantino, no puede uno dejar de acordarse de los orígenes de Roma, cuando apenas eran un grupo de chozas en el Lazio, la leyenda de Eneas, superviviente de Troya que fundaría Roma, o Remo y Rómulo amamantados por una loba y ¿como olvidar el rapto de las Sabinas?
Todo en la historia de la antigua Roma evoca epopeyas, grandes logros, batallas épicas y como no, actos deleznables y viles. Sin embargo, al oír el nombre de Roma me viene a la memoria sus grandes personajes; Cayo Mario, Lucio Cornelio Sila, el gran Cayo Julio Cesar y los grandes emperadores como Octavio, Trajano y Marco Aurelio entre otros.
De esa época uno recuerda el clásico soldado romano con su armadura de placas, las legiones con el águila al frente, los anfiteatros y acueductos, los foros y las termas. Es sin duda, la Roma que a todos nos viene a la cabeza cuando se ve su nombre en los libros de historia. Pero de esa Roma es descendiente también la Roma del bajo imperio, con sus debilidades y sus cambios culturales.

Emperadores como Constantino que fundó Constantinopla o como el último emperador que mantuvo el control de todo el imperio, Teodosio, los cuales son hijos y herederos de las grandezas del alto imperio.

Tras Teodosio, el imperio se dividió de forma definitiva en dos partes, el imperio romano de occidente y el de oriente, con capital en Constantinopla. A esas alturas ya se daban grandes cambios desde aquella primera Roma que adoraba a dioses como Venus, de la que Julio Cesar decía descender, o Baco y sus famosas bacanales. El gran dios de la guerra, Marte y la costumbre de divinizar a los emperadores muertos.

Se habían trasformado en una religión, la cristiana, que a su vez fue moldeada para que pudiera servir a los fines del estado. Los cristianos olvidaron el no mataras, la negativas a servir en los ejércitos y al estado, a cambio recibieron el poder y los privilegios que emanan de ser religión oficial y sin dudarlo traicionaron los principios que habían llevado a Jesús de Nazaret a la cruz pasando de perseguidos a perseguidores en unos pocos siglos.
Los primeros cesares se convirtieron con el tiempo en reyes despóticos con el titulo de Augusto y al final del imperio de occidente ni una sombra de estos llegó a los últimos emperadores. En el 476 el imperio romano de occidente dejará de existir oficialmente. En realidad hacía ya tiempo que el emperador mandaba poco en muchos de sus supuestos territorios. Roma había sido saqueada dos veces. La capital era Ravena. Desde Tolosa los godos dominaban gran parte de la Galia e Hispania y en el norte de África mandaba un pueblo de origen germano, los Vándalos. Así que cuando el último emperador de occidente, Rómulo Augusto, fue depuesto por Odoraco, solo firmó la defunción oficial de un cadáver que ya hacía tiempo que había muerto.

Con esa fecha, los historiadores darán por inaugurada la edad media que terminará con la caída de la otra mitad del imperio en el 1453.
Sin embargo el otro heredero de Roma sobrevivirá a las presiones de los pueblos germanos, se defendería contra los hunos, persas y las revueltas internas. Incluso plantaría cara a la gran expansión islámica. Parecía que Bizancio, nacido de las cenizas de Roma sería capaz de sobrevivir eternamente y que la leyenda que decía que Constantinopla estaba protegida por Dios, era cierta.

Pero su suerte cambió bruscamente cuando los guerreros de la IV cruzada cambiaron de objetivo y en vez de liberar tierra santa del Islam, atacaron a traición Constantinopla en 1204. De esta herida se iría desangrando el imperio bizantino, los cruzados harían de la capital un reino cristiano y Bizancio vería durante más de cincuenta años como su capital era dominada por extranjeros. Sería también por sorpresa como consiguió Miguel VIII Paleólogo reconquistar la ciudad, pero la herida no dejaría de sangrar por ello.

Los Otomanos irían ganado terreno sin cesar, las alianzas que Bizancio cerró con potencias extranjeras solo le dieron “pan para hoy y hambre para mañana” y así las concesiones comerciales debilitaron mas al imperio y como suele decir el refrán “a perro flaco todo se le vuelven pulgas”. Pulgas estas encarnadas por las desavenencias internas entre nobles y pretendientes al trono, que fueron a debilitar mas la situación. Aun así el tiempo fue pasando y Bizancio seguía sobreviviendo, no era ya ni la sombra de lo que fue, pero seguían existiendo.

El principio del fin llegaría el 26 de Marzo del 1452. Mehmet II, el joven sultán de 20 años, se presentó en la parte europea del estrecho del Bósforo y comenzó a edificar una fortaleza con el fin de estrangular el estrecho. Quedaba claro que las intenciones del joven sultán eran conquistar Constantinopla, en parte como venganza al apoyo que los bizantinos le dieron al visir Halil Candaliri, personaje que había encabezado las disensiones en contra del joven sultán.
Contra esto, el emperador Constantino XI solo podía oponer diplomacia, mover los hilos para conseguir apoyo de los reyes cristianos de occidente. Pero ni el haber aceptado la unión de las iglesias y reconocido el poder único de Roma, le servirán para conseguir que se organice una cruzada de apoyo a Bizancio.
Y en esa situación, solo les restaba preparar la defensa de la ciudad. Para ello se aprovisiona de víveres y se consigue el único apoyo exterior que le fue posible, Génova y Venecia. Estos enviarán barcos y mercenarios al mando de Giovanni Justiniano Longo para ayudar a Constantinopla, pero a su vez harán el papel de neutrales ante los otomanos, con el fin de salvaguardar sus rutas comerciales.
Durante ese invierno, los otomanos se preparan para el asedio. El principal problema era la muralla de Teodosio, emperador de origen hispano, que tras la derrota de Adrianopolis reforzó las defensas de Constantinopla. Ahora esa Adrianopolis es ciudad Otomana y Bizancio es poco más que su capital Constantinopla. Sería desde esa ciudad y capital de la provincia otomana de Rumalia, desde donde saldría el tren de artillería, los víveres y un buen número de tropas destinadas a someter a los griegos a la autoridad del sultán. Un artesano Húngaro había diseñado un caño increíble para la época y que unido a piezas menores de todo tipo, estarían a punto para el 12 de Abril para comenzar el bombardeo de las murallas.
Cerca de 200.000 soldados otomanos estaban a las puertas de Constantinopla ese día, contra ellos el emperador movilizó a todo aquel que podía usar un arma, y sumados a los auxiliares venecianos y genoveses consiguió reunir a 8000 hombres. Esta cifra era insuficiente a todas luces y poco mas que una antigua legión, unidad esta que no existía desde hacia casi mil años, pero no menos cierto que los defensores de Constantinopla serían unos dignos hijos de los primeros y que cuando se encontrasen en el “hades” con esos veteranos, pudiesen pasear con orgullo su valor frente a los guerreros victoriosos de mil batallas.
Con esta desproporción empezó la lucha, los otomanos tenían en su contra varios problemas. El primero es que, al acumular tan gran cantidad de hombres y animales en una zona que no cuenta con infraestructura para ellos, el riesgo de epidemias y enfermedades es muy alto, por lo tanto la premura en alcanzar el objetivo es fundamental. El segundo gran obstáculo eran las imponentes murallas, desde la refundación de la ciudad en el 330 por Constantino el grande, ningún ejercito había tomado las murallas al asalto.

Tras el bombardeo inicial, los otomanos contemplaron como los sitiados se las arreglaban para reconstruir de noche lo que ellos destruían de día. Se afanaban los otomanos en intentar rellenar el foso defensivo de la muralla, los sitiados al amparo de la noche lo limpiaban, poniendo ambos bandos todo su empeño en lograr sus objetivos. Durante los primeros días de asedio, las tropas Bizantinas hicieron algunas salidas a campo abierto, pero con una desproporción de más de 20 a 1 pronto decidieron defender los muros.

Al mando de los defensores el genotes, Giovanni Justiniano, aguerrido y experimentado soldado, que contaba con el respaldo del emperador y que demostraría su valía en los primeros ataques a las murallas entre la puerta de San Román y la de Carisia. El peor y más delicado momento se produjo cuando la artillería otomana hizo brecha en la torre de San Román. El intento de toma de la brecha fue defendido por los bizantinos hasta que la noche impuso una pausa. No desaprovecharían los defensores el tiempo y en una demostración de indómito coraje, trabajaron con ahínco durante toda la noche para conjurar el peligro. La cara de Mehmet II debió de ser un poema cuando al amanecer descubrió la torre de nuevo reparada, el foso limpio y su torre de asalto destruida. El sultán, al ver como sus planes de arruinaban una vez mas exclamo: “Ni la palabra de treinta y siete mil profetas me habría hecho creer que estos infieles serían capaces de arreglar la brecha en tampoco tiempo.”
No tenia el sultán falta de mano de obra y dedicó también hombres a cavar minas que hicieran caer las murallas. En esto, fracasaron también al contar los sitiados con el ingeniero alemán Johannes Grant, que conseguiría cegar las minas y mantener las murallas en pie con gran éxito, para enojo del sultán y regocijo del emperador.
Y así se llego al día 20 de Abril, cuando aparecieron en el bósforo cuatro navíos genoveses y uno bizantino. Estos barcos se vieron impedidos por vientos contrarios de llegar a Constantinopla antes del comienzo del cerco y habían partido del puerto de la isla Quios días atrás. Portaban víveres para la ciudad e iban pretechados para la guerra. También llevaban a bordo un contingente de tropa de refuerzo y cuándo alcanzaron el bósforo se encontraron con 300 navíos Otomanos desplegados en formación de medialuna y dispuestos a bloquear los accesos al puerto de Constantinopla.
Pero esta aparente desproporción estaba compensada por la diferencia en los navíos y por las tripulaciones que los componían. Los otomanos contaban con hombres poco duchos en el arte de navegar y con la mayoría de las tropas embarcadas mas asustadas del agua que de sus enemigos. Por el contrario, los genoveses, expertos marinos y con gran experiencia en el combate, no se arredraron y se dispusieron a romper el cerco.
Desde las murallas de la ciudad, sus defensores animaban con gritos a los cristianos mientras desde el campo otomano se hacía lo propio con los suyos.
Así los musulmanes se lanzaron a intentar abordar a las naves genovesas y vieron con impotencia como les era imposible hacerse con ellas. Los genoveses lucharon con pericia y rechazaron a los otomanos que intentaban asaltarlos o bien, el mayor porte de sus navíos, les permitía embestir a los musulmanes abriéndose paso entre ellos. La presencia del sultán se hizo visible en la orilla. Situación esta que infundió nuevos ánimos a sus tropas, con lo que volvieron a lanzarse al ataque.
Prácticamente habían conseguido tomar uno de los barcos cuando la ayuda de los restantes les hizo fracasar. Con el ánimo que da el sentirse superior, los genoveses y bizantinos terminaron de abrirse paso hasta el puerto y completar una hazaña increíble que demostraba a Europa que Constantinopla no estaba cercada por mar.
A pesar de que quedó claro lo factible, que era introducir hombres en la bien protegida ciudad, no recibirían mas ayuda y aunque las primeras batallas les eran favorables, cada día que pasaba tenían menos pólvora y víveres e incomprensiblemente los reyes cristianos dejaron pasar la oportunidad de mantener un bastión cristiano en el corazón otomano.
Mientras tanto, en el campo otomano, la situación ahora era delicada. La ciudad tenía el puerto totalmente defendido, no solo por los barcos que acababan de llegar y que se sumaron a los ya existentes, si no que además una enorme cadena que se suspendía en la bocana, hacía prácticamente imposible el acceso a los buques enemigos.
Las murallas teodosianas resistían a todos los ataques que se le hacían y aunque en algunos sitios se habían resentido del bombardeo, el foso que la protegía era un obstáculo tan formidable como los mismos muros. Sabedores de ello, los defensores se afanaban en mantener el foso limpio y de impedir las maniobras enemigas destinadas a cegarlo.

Se dice que el propio Mehmet era partidario de los planes otomanos para levantar el asedio a la ciudad ante la imposibilidad del asalto frontal. Además el mar, más que controlado, se podía temer que una salida de los defensores les hicieran grandes daños a su propia flota. Por lo tanto, si Constantinopla podía seguir recibiendo víveres por barco, el asedio fracasaría. O se encontraba la forma de tomar el puerto o las tropas de Mehmet se añadirían a la lista de los fracasos en el asedio a la capital Bizantina.
El joven e impetuoso sultán sería el que concebiría un plan tan novedoso como impensable para los defensores. El plan consistió en construir un camino con planchas de madera sobre el que trasportar una flota de pequeños barcos empujados a base de fuerza humana. La increíble hazaña de mover 80 galeras ligeras y bergantines de 30 y 50 remos durante un trayecto de más de 16 kilómetros, por un terreno árido y seco fue tan decisiva como inesperada. En una sola noche, la flota fue trasportada y puesta en las aguas poco profundas del puerto. Lejos del alcance de los mayores navíos cristianos, que debido a su calado no podían maniobrar en esa zona.

Con esta maniobra, las tropas del sultán completaron el cerco y pusieron bajo amenaza dos partes separadas de la ciudad. Una oportuna defensa desde la orilla opuesta les permitiría crear torres de asedio y una plataforma flotante sobre la que instalaron un cañón con el que acosar a los defensores, hacían la caída de la ciudad fuese una cuestión de tiempo.
Con el puerto seriamente amenazado, se intentó lo que en las murallas teodosianas tan buenos resultados había dado, salir y destruir las construcciones. Pero el terreno en el puerto permitía a los musulmanes una mejor defensa y hacia de la salida una misión harto peligrosa. Se eligió para ella un grupo de jóvenes, aguerridos fuertes y valerosos al mando de un oficial experimentado, en total 43 hombres. Al anochecer iniciaron la misión, pero fracasaron y fueron hechos prisioneros. El sultán los mandaría matar al amanecer a la vista de los defensores a modo de escarmiento y como aviso de lo que les esperaba a los que se atrevían a desafiarlo. Desde las murallas, el emperador vio con rabia e impotencia el ajusticiamiento de sus soldados y respondería colgando de los muros a 230 prisioneros otomanos. Una medida cruel pero justificable dada las circunstancia en las que se encontraban.
La situación había cambiado drásticamente, ahora los defensores se encontraron acosados por dos frentes y aunque las disciplinadas tropas se mantuvieron firmes, la abrumadora mayoría de atacantes amenazaba con superarlos en cualquier momento. La moral bajaba peligrosamente.
El día 22 se dio un eclipse de luna y los defensores vieron en él todo tipo de malos augurios. Para colmo de males, las disensiones internas no cesaron, venecianos y genoveses se enfrentaban por la preeminencia de cada uno de ellos. El gran Dux y Justiniano, ajenos aparentemente del peligro, no dejaron su avaricia para mejores momentos y no reparaban en acusarse mutuamente de cobardía.
El propio emperador se vio obligado a despojar las iglesias de sus riquezas para pagar a unas tropas semiamotinadas y desmoralizadas. Se podría decir que los creyentes entendieron la medida, pero no fue así y sumarían esta afrenta a la de la unión con la iglesia latina en la lista de reproches al emperador.
No dejaría Constantino de intentar una salida diplomática a la situación, Cualquier oferta que le hubiera permitido salvar su honor y la ciudad la habría aceptado. Un alto tributo o el vasallaje, pero el sultán esperaba más, quería todo el premio, “la ciudad será mía o mi tumba”. Pero para el emperador, el entregar la ciudad no era una opción, ni con la promesa de perdonar a sus habitantes ni a su persona serian suficiente para aceptar tal humillación.
Con ambas murallas batidas incesantemente por la artillería de Mehmet, solo era cuestión de tiempo el fin de la ciudad. Incluso cerca de la puerta de San Román había 4 torres derribadas. El día del fin sería determinado por la astrología, la ciencia preferida del sultán. Así pues, los defensores tendrían un respiro, ya que el día 29 de Mayo fue el escogido para el asalto final. El 27 se dieron las ultimas ordenes a las tropas; “la ciudad es mía, dijo Mehmet: “Para vosotros, por vuestra bravura, el botín de oro, belleza y cautivos. Ser ricos y felices. Muchas son las provincias de mi imperio y para el intrépido soldado que trepe primero por las murallas de Constantinopla, será el gobierno de la más hermosa y rica de todas ellas. Mi gratitud lo colmará de honores y fortuna por encima de incluso sus esperanzas”.

Claro que, Mehmet se encargaría también de que todos supieran que le ocurriría a los cobardes, dando todo tipo de detalles de los tormentos que se le aplicarían y explicando lo pequeño que era el mundo para esconderse de su ira. Con esta motivación se fueron preparando los mahometanos para el gran día y el grito de “no hay más dios que Ala y Mahoma es su profeta” resonaría por todo el campamento otomano.
En la ciudad, las cosas eran bien distintas. Todos eran conscientes de que el fin se aproximaba, los creyentes paseaban a la Virgen en procesión y se reprochaban los pecados cometidos que habían dado lugar a tal cruel castigo divino.
A Constantino le acusaban de no haber rendido la ciudad a tiempo y de mil cosas más, como si la consecuencia de la situación fuera resultado de los actos de un solo hombre.
En la noche del 28 se reunieron los comandantes más fieles, los nobles y los jefes de los aliados con el emperador en el palacio. Por la actividad del enemigo daban por hecho que la inminencia de un asalto general se aproximaba. Por lo tanto, era vital coordinar la defensa. El emperador, inútilmente intentó infundirles ánimos, esperanzas en una victoria agónica sobre los otomanos. Todo fue en vano, eran todos sabedores del fin que les aguardaba y entre lágrimas y abrazos se despidieron los unos de los otros. Amigos de años y nuevos amigos se miraban concientes de la cercanía de la muerte. Tras el fin de la reunión, cada comandante regresó a su puesto en las murallas y en su ultima vigilia aprovecharon para poner su alma en paz a la vez que observaban al enemigo.
El emperador Bizantino se dirigió a Santa Sofía a recibir la comunión acompañado de sus más fieles. Después regresó al palacio para descansar un poco antes del amanecer. Sin que despuntase el alba, montó a caballo sin ninguna insignia de su poder, vestido como un guerrero más, comprobó todas las defensas y animó a los soldados a resistir una ultima carga. Terminado esto, tomó rumbo a hacia su destino final, en las murallas teodosianas.
La noche había sido frenética en el campo árabe, se habían movido haces de leña y la artillería hasta cerca del foso, que en algunos lugares era ya un camino raso, todo estaba preparado.
Las defensa cristiana estaba divida de la siguiente forma; en las murallas teodosianas estaba Giovanni Justiniano Longo comandante en jefe y el propio emperador. La puerta imperial, por Lucas Notaras. Los mercaderes catalanes de Pere Julia en el puerto Bucoleon. Genoveses y venecianos en las murallas del puerto. El sultán por su parte, había dispuesto a las tropas menos preparadas al frente, tras ellas soldados de Anatolia y Rumalia dejando en reserva a los temibles Jenízaros.
De forma coordinada una marea humana se lanzó hacia las murallas de la ciudad con las primeras luces del alba. La muchedumbre era tal que los defensores no podían fallar los disparos, los pasos sobre el foso se cubrieron con los cadáveres de las mas diversas procedencias; vagabundos en busca de botín, voluntarios en pos del martirio y el paraíso, hasta cocineros y arrieros del campamento componían esa primera masa de asaltantes, que en su mayoría encontraron la muerte ante los muros. Unos por el impacto de los proyectiles y otros tras caer al foso, perecieron aplastados por los cadáveres de sus compañeros. Pero el sacrificio de estos bajó en gran medida las reservas de munición de los defensores y rellenó de forma macabra el foso por muchas zonas, permitiendo a las siguientes tropas cruzarlo sobre puentes de cadáveres. Algunas fuentes cifrarían en 20.000 los desdichados que terminaron en el foso. Tras ellos, las tropas de Anatolia y Rumalia cargaron contra los agotados soldados, la lucha se hizo encarnizada y la desesperación de los defensores les hizo sacar fuerzas de donde no las había. El enfrentamiento se prolongó durante más de dos horas. Trascurridas estas, los musulmanes no habían tomado las murallas, estaban estas muy deterioradas por el continuo bombardeo, pero los defensores las mantenían con el ánimo propio del que sabe que si un solo metro de la muralla cae, caería la ciudad entera. Contra todo pronóstico, los defensores hicieron retroceder a los asaltantes, ganaron terreno incluso, pero tras este espejismo aparecieron 10.000 jenízaros frescos y descansados. A su frente, el sultán en persona los animaba al ataque.
La leve llama de la esperanza que aun quedaba se apagó cuando, Justiniano, principal valedor de la defensa, cuyos consejos y bravura habían mantenido las murallas bajo control Bizantino, recibió una herida en una mano. El estrés del combate, el dolor o la desesperación le hicieron flaquear finalmente. Se alejaba en busca de un medico cuando, el emperador al verlo le salio al paso; “la herida es leve y tu presencia es crucial en estos momentos”. Giovanni agachó la cabeza y contestó; “me retiro por el mismo camino que dios le ha abierto a los otomanos” y ante este acto de cobardía, la mayoría de tropas auxiliares le imitaron, se retiraron al puerto en busca de un barco y de la salvación.
La recompensa del sultán sería para un Jenízaro de nombre Hasan. Este guerrero, junto a un grupo de soldados, intentó escalar las murallas. De los 30, 18 cayeron en el intento y 12 alcanzaron el éxito. Pero alcanzar las murallas no significaba que todo estuviera hecho. No tardaría mucho en ser expulsado de la misma y aunque consiguió su objetivo, no vivió para disfrutar de el. Apenas había caído cuando recibió una descarga de flechas y piedras que lo envió con Ala. Esta aparente victoria pirrica demostraría a todos los guerreros que era posible alcanzar el éxito y que las defensas eran ya débiles.
Poco después, una marabunta de guerreros alcanzaban la milenaria muralla de Teodosio. La abultada desproporción entre atacantes y defensores colapsó a estos últimos. El emperador permaneció en su sitio organizando la exigua defensa hasta el final. Ni un paso atrás daría el ultimo emperador romano, rodeado de sus fieles luchó sin descanso contra lo inevitable.
Al recibir la primera herida, se agarró a sus allegados que le ayudaron a mantenerse en pie mientras seguía luchando espada en mano. Dicen las crónicas otomanas que mataría a mas de 10 Jenízaros antes de caer y en sus últimos momentos, herido y rodeado por multitud de enemigos, el emperador fue conciente de su fin y mirando a los suyos les imploró; “¿es que no hay una mano cristiana que me corte la cabeza y termine conmigo?”. Al momento, una mano anónima le quito la vida, su cuerpo pronto se vio tapado por el de enemigos y amigos muertos. Aunque no recibió un sepelio digno del ultimo Paleólogo, al menos no fue ultrajado y exhibido como trofeo.

Pronto fue visible para todos que la zona en la que luchaba el emperador había caído y la fuerza invisible que mantenía la defensa desapareció. Con el murió la ultima esperanza de salvación y las murallas cayeron. Los musulmanes entraron en la ciudad provocando en la persecución de los vencidos más de 2000 muertos, pero la rapiña detuvo la matanza, ya que los que habían roto las defensas del puerto corrían ya en pos del botín. Lo que ocurrió a continuación es la misma historia que el de otras ciudades asaltadas; pillaje, violaciones, asesinatos y en el caso de Constantinopla sería en la basílica de Santa Sofía donde se alcanzaría la cumbre de la tragedia.

Las basílica se llenó de aquellos desgraciados que no habían sido actos para la defensa, en su mayoría mujeres, niños, ancianos, monjas y clérigos que, en su desesperación suplicaban pos sus vidas y destino a Dios. En parte lo hacían en la esperanza de que la profecía de un loco se hiciera realidad. Dicha profecía contaba que, el día que los otomanos penetraran en la ciudad y alcanzasen la columna de Constantino, enfrente de la iglesia de Santa Sofía, un ángel bajaría del cielo y entregaría una espada flamígera a un hombre santo que se encontraría cerca y que este empuñándola, los expulsaría mas allá de Anatolia, hasta las mismas fronteras de Persia.
Se ve que no había nadie digno de empuñar tal espada o que tal vez cuando Dios nos dio libre albedrío nos los dio a todos por igual y con todas sus consecuencias, o simple y llanamente, se olvidaban los cristianos del no mataras y no parece de recibo pedirle a Dios que lo haga por ti.
Lo cierto es que los otomanos rompieron la puerta y como no encontraron resistencia, se dedicaron a repartirse a los desdichados del interior como esclavos en orden a la jerarquía de cada cual. Lo que vino a continuación fueron largas filas de personas atadas, camino de un destino incierto. Las mujeres que tenían alguna belleza para los conquistadores no conseguirían guardar su dignidad, tampoco las salvarían muchos jóvenes varones, pero entre todos, las monjas serían las que saldrían peor paradas de Santa Sofía, su virginidad sería un grato botín para los musulmanes conquistadores. La ultima resistencia de la ciudad se dio en el puerto y barrio de Galata, en donde los venecianos y genoveses aprovecharon la rapiña para huir de la ciudad. El sultán les prometería el perdón si se quedaban, pero la seguridad de la salvación a bordo de un barco era mayor tentación que las promesas del sultán.
Mehmet, al día siguiente de la conquista, ejecutaría a todos los defensores que con tanta bravura habían luchado. Su recompensa a tanto valor fue la muerte para todos, incluido el mega duque. El cardenal Isidoro corrió mejor suerte y pudo escapar vestido de plebeyo por Galata. Pero lo que no se consiguió salvar fueron las imágenes y todas las obras que tenían alguna incrustación valiosa, la cual le fue arrancada. Las figuras talladas en madera fueron quemadas. Se destinaron a establos iglesias y monasterios, los frescos de Santa Sofía “el cielo en la tierra” fueron borrados y sus paredes devueltas a la pulcritud exigida por el Islam. Cuadros y tapices usados para los mas viles destinos. Con todo, la mayor perdida fue la biblioteca Bizantina, que albergaba gran cantidad de manuscrititos únicos que se perdieron irremediablemente.
Uno de los supervivientes fue el chambelán y principal secretario de Constantino XI, Franza. El estuvo presente en la última reunión en el palacio, fue hecho prisionero y vendido como esclavo junto a su mujer y sus dos hijos, uno adolescente de 15 años y una joven de no mas de 14.
Mucho de lo aquí narrado, lo dejaría Franza escrito para la posteridad. Entre sus escritos cuenta como recuperó la libertad cuatro meses después y tras muchas averiguaciones, liberó a su mujer, que estaba en propiedad del emir Bashi de Adrianopolis.
Posteriormente, supo que sus hijos habían ido a parar a manos del propio sultán. Ambos murieron, su hija lo hizo en un serrallo, al parecer, aún virgen y su hijo, prefirió la muerte a la “infamia” y moriría a manos del propio sultán.
De todo lo ocurrido en la caída de Constantinopla, es destacable el heroísmo con el que el último emperador lucho por salvar la ciudad. El arrojo con el que todos se esforzaron en defender lo indefendible y como hasta el último momento, la ciudad pudo haberse salvado gracias al coraje de sus hombres.
Hay un viejo dicho que dice: “Las murallas no defienden a los hombres, son los hombres los que defienden las murallas”.
En Constantinopla, mientras hubo hombres, las murallas se mantuvieron. Solo cuando la ultima gota de sangre del ultimo emperador, se derramó, cayo la ciudad. Giovanni Justiniano Longo sobrevivió unos días mas a la caída de la ciudad, en la isla de Quios, amargado por los recuerdos de su cobardía. Triste fin para un gran guerrero que, arruinó toda una vida de heroicidades por un momento de flaqueza. Aunque la guerra perdona a los cobardes y no a los héroes, la memoria de los vivos es la que castiga a los primeros y premia a los segundos, con el recuerdo que se merecen.
A Constantino XI, se le recordaría como a un héroe, gran guerrero, esforzado defensor y por encima de todo como; “el último emperador romano”.
Autor: Sertorio
Historia de la decadencia y caída del Imperio Romano, Edward Gibbon
Relatos sobre la toma de Constantinopla, N Iskander Nacional Geographic Nº 14

