Aquiles

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Escribas: Bigfish, Ivi, Xiflyna, Pacopico, Beer, Bigbird y Pollo

En las costas de Troya en el imponente templo se encontraba Briseida, una chica bella y casta entregada a los dioses para servirlos.

En el horizonte, más allá del mar, empezaro n a aparecer barcos de guerra y velas de todos los colores, rojas amarillas, azules...Pero una destacaba por encima de todas, las velas negras del barco de Aquiles.

 

Los mirmidones fueron los primeros en desembarcar en la costa Troyana, con las armaduras negras y las corazas que les daban a sus rostros un aspecto de seres mitológicos, seres de otro mundo.

Los soldados troyanos no podían hacer nada ante ese hombre de cabellos dorados que parecían el fuego de Hades al ondear con el viento.

Aquiles mutilaba, cortaba, mataba a nuestros soldados, chicos jóvenes con familias y gente que les esperaba en sus hogares. Sin embargo a él no le importaba esto, era una máquina de matar.

Al ver que esos hombres con mantos negros que les cubrían se acercaban al templo, no podía moverme.

Empezaron a matar a los sacerdotes del templo, yo intenté huir y me escondí. ¡El templo estaba manchado de sangre! ¿Cómo los dioses podían permitir eso?

El sacerdote mayor se derrumbó ante mi y sus ojos helados, ya sin vida, se me quedaron mirando. Me quedé en la oscuridad absoluta y de repente se me apareció ese hombre casado con la muerte, ‘’Aquiles’’.

Desperté en una pequeña cabaña, el techo era de un color rojizo. El pequeño espacio estaba solo iluminado por una pequeña vela. De repente las puertas de tela se abrieron y me encontré ante la mirada atenta del gran Aquiles.

Solo me dirigió unas pocas palabras; siempre las recordaré: -No preguntes, y descansa.- Dijo con voz firme.

Durante dos días, pude ver como llegaban jóvenes soldados con la mirada perdida por el dolor y las imágenes brutales que vivieron en las batallas. Habían visto caer a sus compañeros, con los que pasaron momentos de risas y felicidad.

Y yo allá tumbada, alumbrada por la tenue luz de esa pequeña vela, me preguntaba como estaba mi familia, Héctor, Paris y Príamo, que estaban obligados a ver a su ciudad sumida en la más grande miseria: las mujeres que se les había sido robada la oportunidad de ser esposa y los niños que se les robó la oportunidad de disfrutar del amor de un padre.

Pero en aquel paisaje desolador, aún y la tristeza que me rodeaba, Aquiles provocaba en mí una atracción especial, no podía resistirme a sus encantos y un día fui correspondida bajo el techo de la pequeña cabaña. Aquel día viví la experiencia de la pasión máxima. Mi vida de castidad entregada a los dioses, esa noche fue entregada a Aquiles.

El quinto día desde que los griegos llegaron a las costas de Troya, Aquiles no salió a la batalla. Me contó que no quería luchar por un rey, él no se arrodillaba ante nadie...nadie se esperaba lo que iba a suceder.

Patroclo aquella mañana se hizo pasar por Aquiles, la misma armadura y espada, los mismos movimientos de Aquiles, con la misma fuerza. Pero Patroclo no era invencible, él no había sido bañado en el agua sagrada, al contrario que su primo. Y murió bajo la espada de Héctor, mi querido primo, el gran héroe de Troya.

Los gritos de dolor de Aquiles retumbaban en todos los rincones de Troya y penetraban en todo corazón que los oía.

Le rogué a Aquiles, me arrodillé ante él, pero su dolor y su sed de venganza no le permitían reaccionar ante cualquier lágrima o sollozo de dolor.

Aquiles se encontraba delante de las puertas de Troya gritando ‘’Héctor, Héctor’’, reflejando el dolor causado en el corazón quebrantado de Aquiles. El príncipe tendría que luchar ante la furia de Aquiles.

Héctor murió, la espada de Aquiles atravesó su frágil carne que nadie en Troya pensaba que fuera posible hacerlo. Su gran héroe, Héctor, había muerto ante el Gran Aquiles. Él cogió el cuerpo ya sin vida del príncipe troyano, lo ató en su carruaje y dio tres vueltas a la ciudad de Troya, arrastrándolo.

La imagen era terrible, el hombre que había sido respetado por todos los troyanos por sus actos de bondad y heroísmo, no merecían ningún respeto ante la ira de Aquiles. El cuerpo de Héctor era irreconocible.

La noche era tranquila, la brisa del mar acariciaba mi pelo, pero en la oscura noche una figura empezó a acercarse hacia mí. Me quedé ante ese hombre encapuchado, Aquiles salió a mi defensa y en el momento que llegó, el hombre desconocido dejó ver su rostro. ¡Era mi abuelo! ¡Príamo, rey de Troya! Me abrazó con los ojos humedecidos y me eché a llorar.

Príamo vino a buscarme a mí y al cuerpo de Héctor que yacía tirado en la arena de la playa. Él solo quería tener el privilegio de llorar la muerte de su hijo, y ponerle la moneda en la boca para que pudiese pagar el barquero y descansar en paz en la otra orilla. Aquiles accedió, reconoció la valentía de Príamo, le mostró cierto respeto y comprendió el dolor que sentía. Los dos habían perdido su ser más querido.

Me marché con el rey a escondidas, de vuelta a Troya, protegidos por los mirmidones. No me despedí de Aquiles ni con un beso ni con una palabra de cariño. Solo una mirada, una mirada que recordaré toda la vida, mis ojos llorosos se cruzaron con los suyos, siempre fríos, pero en ese instante, en el último contacto que tuve con él, pude ver un reflejo de tristeza.

No volví a ver a Aquiles, murió a las puertas de Troya en el día en que los griegos nos traicionaron, como relata el gran escritor Homero.

El invencible murió, una flecha, un trozo de madera mato al más grande de los héroes, una flecha en el talón fue suficiente para matarle.

Yo pude escapar de Troya cuando estaba ardiendo en medio de las llamas. Solo deseaba que Aquiles pudiese descansar en paz y que, al cruzar la ribera, no me olvidara.

Bibliografía:

http://www.e-torredebabel.com/Mitologia/mitos-heroes-griegos/Aquiles-heroes-FC8.htm

http://www.laguia2000.com/edad-antigua/la-guerra-de-troya

http://enciclopedia.us.es/index.php/Aquiles



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Actualizado - Jueves, 14 Mayo 2009
 
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